Excodra Barcelonra

Entrevista a Eduardo Moga

Fuente: Rubén Darío Fernández. Enero, 2017. | Publicado: 04-04-2020
Traducir supone otra forma de escribir. Parte de una lectura extrema del autor traducido y desemboca en una creación propia, aunque se ejerza sobre una plantilla ajena. Traducir me mantiene la muñeca caliente y, además, me somete a una tensión muy saludable para mi propia labor creadora. Por eso me gusta traducir a autores relativamente lejanos de mis propias inclinaciones estéticas: porque me obliga a sumergirme –y a entender– otras estrategias de escritura, otras sensibilidades y formas de percibir el mundo.
Derechos: Eduardo Moga.
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Eduardo, ¿qué es traducir, qué significa y ha significado para ti el hacerlo en literatura?

Traducir supone otra forma de escribir. Parte de una lectura extrema del autor traducido y desemboca en una creación propia, aunque se ejerza sobre una plantilla ajena. Traducir me mantiene la muñeca caliente y, además, me somete a una tensión muy saludable para mi propia labor creadora. Por eso me gusta traducir a autores relativamente lejanos de mis propias inclinaciones estéticas: porque me obliga a sumergirme –y a entender– otras estrategias de escritura, otras sensibilidades y formas de percibir el mundo. Traducir lo igual o muy similar a lo que yo escribo me parece onanista. Una buena traducción ha de conjugar, a mi juicio, estos dos propósitos: comprender el texto original, sin errar en su interpretación ni en los efectos que aspira a producir, y verterlo persuasivamente al idioma de llegada. De los dos, necesarios por igual, acaso el segundo sea el más importante: el texto debe funcionar en el idioma de destino; ha de ser literatura también en ese idioma. El autor traducido, de haberlo escrito en la lengua a la que se vierte, habría escrito como lo hemos hecho nosotros.

¿Cómo situarías el papel del traductor a día de hoy? Dentro de la cadena del libro, me refiero, pero también a nivel cultural, sobre su importancia en el hecho de trasladar y crear literatura y conocimientos.

El traductor ha sido siempre, y en buena medida sigue siendo, un elemento imprescindible para la transmisión de la cultura. El conocimiento de otras literaturas y, por lo tanto, de otras culturas ha sido posible, a lo largo de la historia, gracias a los traductores.



Imagínate lo que sería acercarse a las civilizaciones orientales o africanas, o a la cultura árabe, sin profesionales competentes que vertieran sus obras a nuestro idioma. Un ejemplo muy revelador de la importancia que han tenido es la transmisión de la cultura grecolatina hecha por la Iglesia, con sus traductores y copistas, en la Edad Media. La anonimia de aquellos traductores y copistas no perdura hoy, por fortuna, pero su irrelevancia, sí, por desgracia.



El traductor sigue siendo el patito feo, el eslabón débil, el convidado de piedra, de la fiesta del libro. Los críticos y reseñistas siguen omitiendo la valoración de su trabajo y, con frecuencia, incluso su mención en sus artículos, y no suele haber un análisis crítico de la tarea de traducción en los medios culturales ni académicos. Incluso para las editoriales el traductor es un empleado secundario, al que se paga mal y del que se olvidan en cuanto les ha entregado una traducción aceptable.

Sobre todo has traducido poesía, que además, puede ser muchísimo más complejo que traducir prosa, aunque siempre depende, claro, pero ya el hecho de que la poesía, a veces, sea casi un lenguaje propio, hace del traducirla un bonito reto. Entonces, ¿cómo encaras un poema a traducir y cuándo dices “ok, así sería”?

El proceso siempre es el mismo: primero leo de corrido el original del libro que he de traducir; luego me informo sobre el autor y, si puedo, sobre las circunstancias personales, históricas y sociales en que lo compuso; y por fin leo y releo varias veces cada poema.



Procuro luego acopiar todas las versiones que ya existan de ese libro (o de esos poemas) y, por fin, me siento a traducir. Escribo una primera versión, cotejo las dudas o puntos oscuros que presente con las traducciones ya publicadas de ese mismo texto, si las hay, e inicio un largo proceso de corrección, en el que procuro pulir el texto como pulo mis propios poemas: haciéndolo más concreto, más preciso, eliminando toda superfluidad, ajustando la puntuación y los efectos rítmicos, buscando siempre alternativas léxicas que respondan mejor, más significativamente, a los términos originales.



Hecho lo cual, dejo dormir algún tiempo (todo el que me permita el plazo de que disponga para entregarla, que no suele ser muy largo) a la traducción y la retomo: hago entonces el último repaso y la cierro. El momento en el que digo “ok, así sería” es, otra vez, el mismo en el que lo digo cuando se trata de mis propios poemas, aunque no puedo racionalizarlo: la intuición me dice que, si sigo tocando el texto, lo estropearé.

Y siguiendo un poco este hilo… y dada tu condición de poeta, ¿cuando traduces poesía te sientes a su vez poeta, en el sentido de autor de poesía?

Por supuesto. El traductor de poesía se hace poeta al traducirla. Y muchos poetas, como José Ángel Valente u Octavio Paz, han presentado sus traducciones de otros poetas como obras propias. Lo que lee el lector de la versión traducida es otro poema, constituido por otras palabras y otros silencios, con un ritmo distinto, con presupuestos diferentes. Todo eso es obra del traductor. Claro que todo eso nuevo remite a un original, cuya estructura, estrategias expresivas y, sobre todo, efectos en el lector pretende reproducir. Pero el resultado es, y debe ser, siempre autónomo. Yo sería partidario, por ejemplo, de que el nombre del traductor figurara inmediatamente debajo del autor del texto original en las cubiertas de los libros, y con una tipografía igual, casi como si fueran coautores de ese libro. De hecho, lo son. 

Sobre el propio lenguaje, el idioma, y la realidad… acabas de publicar tu segunda entrega de “Corónicas de Ingalaterra”, ¿cómo has vivido la, digamos, realidad que ofrece el inglés versus la realidad ofrecida por el castellano? O si no hay diferencia… Y, ¿qué ganarían o perderían tus crónicas si se vertieran al inglés?

Cada idioma reproduce una forma singular de pensar la realidad o, si se prefiere, articula de manera diferente ese pensamiento. Hasta cierto punto, lenguajes diferentes te proyectan en realidades diferentes, porque te obligan a encajarla en hormas distintas, sin las cuales esas realidades, en rigor, no existen. El lenguaje es, dicho muy groseramente, más sintético, más monosilábico, más sincopado, que el castellano.



Eso genera unos ritmos particulares de pensamiento y, si me apuras, de aproximación al mundo. Yo me he encontrado muy a gusto escribiendo mis Corónicas de Ingalaterra con mi castellano de toda la vida. De hecho, hacerlo ha sido protector. Uno se recoge en su lengua como una tortuga en su caparazón o un erizo en sus espinas. El castellano se hace, en mi caso, aún más interior, aún más mío: me envuelve por dentro y define un espacio en el que sólo estoy yo.



Eso le da una pureza –y también una extrañeza– singulares, que no había experimentado cuando el idioma me rodeaba por entero. La relación con las palabras se intensifica, como si cada una portara un significado más entrañado, una vibración más prístina. Uno se da cuenta, cuando vive en un país en el que su idioma no es el idioma de todos, de con cuánta intensidad esa lengua lo constituye: es su razón y su memoria, la carne de sus sentimientos; es él mismo.
No sé qué ganarían o perderían mis Corónicas si se vertieran al inglés, como dices. Lo que sí sé es que me gustaría mucho que se tradujeran. Y si me permitieran ganar algún dinero, aún más.

Un poco al margen del hecho de traducir como tal, pero no mucho… leyendo tu literatura se queda uno pensando en cómo eres capaz de “traducir” a tus palabras tan bien el mundo que te rodea… es muy mágico leerte, creas realmente un mundo sobre el propio mundo, como que llegas a ver donde otros no alcanzan, muestras el detalle donde se encuentra el humor, está genial. Pienso entonces si escribir no será en realidad traducir a nuestra manera el lenguaje de la vida, entonces, ¿qué es para ti el lenguaje y la palabra?

Podría responder a esa pregunta diciendo que es como preguntar qué es el aire para un ser humano: pues aquello, invisible, sin lo cual no puede vivir. Pero contestaré lo que es para mí la poesía, que tengo por la más alta forma del lenguaje y la palabra. La poesía es la máxima expresión del arte verbal: la que toma a las palabras, no sólo como instrumentos de comunicación, sino también como entidades sensoriales, y las utiliza para crear belleza y despertar la emoción. La poesía me sirve para descubrir nuevos ámbitos de la realidad, y para alterarla a través del lenguaje. También para sumergirme en mí mismo, y descubrirme, o interrogarme, o destruirme. La poesía me permite suspender el tiempo: el instante se hace eterno y olvido que he de morir. Gracias a la poesía vivo más: soy más, y quizá, también, me quieren más. Yo, como García Márquez, escribo para que me quieran mis amigos.


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Eduardo Moga

Eduardo Moga

Eduardo Moga (Barcelona, 1962) es licenciado en Derecho y licenciado y doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Ha publicado 18 poemarios, entre los que destacan La luz oída («Premio Adonáis», 1996), Las horas y los labios (2003), Cuerpo sin mí (2007), Bajo la piel, los días (2010), Insumisión (2013; premio al mejor poemario del año de la revista Quimera, 2013; Latino Book Award, EE. UU., 2014) y El corazón, la nada (Antología poética 1994-2014) (2014). Ha traducido a Ramon Llull, Frank O’Hara, Évariste Parny, Charles Bukowski, Carl Sandburg, Arthur Rimbaud, William Faulkner y Walt Whitman, entre otros autores. Practica la crítica literaria en «Letras Libres», «Cuadernos Hispanoamericanos», «Turia» y «Quimera». Es responsable de las antologías Los versos satíricos. Antología de poesía satírica universal (2001), Poesía pasión. Doce jóvenes poetas españoles (2004) y Medio siglo de oro. Antología de la poesía contemporánea en catalán (2014). Ha publicado el libro de viajes La pasión de escribil (2013); una selección de entradas de su bitácora, Corónicas de Ingalaterra, con el título de Corónicas de Ingalaterra. Un año en Londres (con algunas estancias en España) (2015); y los ensayos De asuntos literarios (2004), Lecturas nómadas (2007) y La disección de la rosa (2015). Mantiene el blog Corónicas de Españia. Es director de la Editora Regional de Extremadura y coordinador del Plan de Fomento de la Lectura.

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