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Entrevista a Ana Carrasco Conde

Fuente: Rubén Darío Fernández. Enero, 2016. | Publicado: 09-02-2020
Derechos: Ana Carrasco Conde.

¿Qué es la amistad?

La amistad es una forma de apertura hacia el otro a quien quedamos unidos afectivamente. No hacia el semejante –o no únicamente- sino ante quien desde su diferencia con respecto a nosotros establece la posibilidad de la semejanza. La amistad es lo que iguala y nos iguala con el otro: nos sentimos reconocidos y reconocemos al otro. Y aunque puede haber amigos en la semejanza y en la desemejanza, como señalaba ya Platón en el Lisis, el vínculo ha de pasar forzosamente por la alteridad. Efectivamente aunque exista algo en común de lo que partir y que genera un inicial sentimiento de simpatía o de cordialidad, es con la alteridad y a través de ella como quedan fortalecidos los puentes que nos conectan con el otro. La ruptura de una amistad acontece cuando aparece la discordia y una falta de entendimiento insalvable, pero si la diferencia es superada la amistad queda reforzada. En la amistad se trata de estar y de participar con el amigo de algo que se genera desde lo diferente a lo común, en un ámbito que es sin propiedad y sin posesión. Soy con el amigo (e incluso soy más), pero no se es del amigo. Y soy más porque, por esa apertura, el mundo es más amplio, más rico y alberga las múltiples posibilidades que contiene la diferencia. La amistad procura algo que no podemos obtener por nosotros mismos, como dirá Aristóteles, incluso entendiendo ese algo como una mirada diferente hacia nosotros mismos.

Elimino de esta definición las amistades motivadas por el interés mutuo que implican un beneficio personal a través del otro, como si el afecto que nos une al otro fuera un medio para un fin. Evidentemente bajo la etiqueta de amistad son clasificadas varios tipos de relaciones cordiales hacia el otro caracterizadas por cierta philía, entendida aquí como relación cordial más allá de su original sentido afectivo en torno a un vínculo, y así aunque la amistad necesita siempre de una reciprocidad, ésta sólo alcanza el mayor y el mejor de sus grados cuando el amigo comparte lo que uno es con el otro.



La verdadera amistad es el fin en sí mismo, lo que significa que el movimiento que nos lleva y une al otro es el de una donación que redunda en un beneficio no consciente: el de la mejora de quienes somos. Por ello, en este sentido de donación y de entrega sin pedir nada a cambio pero también sin irreflexiva y ciega pasión, la amistad tiene algo de virtuoso porque mejora a quienes participan de una misma amistad.



La amistad interesada no quiere al otro por sí mismo, sino por el beneficio que puede reportar. Lo que encontramos en este caso, empleando una antigua distinción, no es philía (amor por los hombres) sino philésis (el amor por los objetos), es decir, amor por lo que se puede conseguir. Una vez que el motivo de interés desaparece la amistad se disuelve. No se trata por ello en este tipo de artificiosa amistad de que el otro sea amado por lo que procura, como dirá Aristóteles, sino que lo que se ama es el propio yo y en torno a ese ego la relación con el otro se ha establecido a partir del deseo por lo que se quiere obtener a través de él. El amigo, para ser tal, ha de darse y de compartir lo más propio. La amistad nos hace mejores (o, al menos debería): el amigo penetra en quienes somos y nos hace extender el amor hacia uno mismo en amor hacia el otro, un otro que ahora es constitutivo. La conexión con el amigo permea hasta tal punto en la identidad personal que no seríamos la misma persona sin el otro. La amistad es compromiso: nos compromete con el otro.

En un precioso pasaje de la Ética a Nicómaco Aristóteles define el amigo como el otro de sí mismo. Este concepto tiene hondas implicaciones porque el amigo se constituye en parte de mi propia identidad y queda por ello integrado en lo que yo soy. Es, además, no alguien igual a mí en su forma de ser, sino alguien cuya mirada sobre el mundo aunque diferente a la mía es reconocida como igual por lo que respecta a su valía. La amistad no sabe de egoísmos ni de egos. Así por ejemplo cuando asoma el orgullo la amistad suele resentirse. El amigo se ama por su modo específico y propio de ser. La amistad no sólo proporciona placer y buenos momentos, sino sufrimiento y preocupación por el otro. Su dolor es de este modo el nuestro. La amistad o es recíproca o no es porque se fundamenta por un lado en el intercambio mutuo y, por otro, como se ha mencionado, en la imbricación e implicación con el otro. Para conseguir esta relación, la amistad requiere tiempo como lo requiere un enlace químico no sólo para que el vínculo sea establece, sino para que el proyecto común que se construya en torno a la confluencia de esas dos identidades se realice desde esa donación e integración de las diferencias.

¿Cómo relacionarías los conceptos amistad y soledad?

Se dice y con razón que quien no sabe quererse poco puede saber querer a los demás. Si la amistad significa una relación de implicación con nuestra identidad, es necesario que el sujeto sepa vivir consigo mismo en soledad. El otro no ha de ser motivo de entretenimiento ni una vía para escapar de sí mismo (sino no sería amistad por sí misma sino por la utilidad o el placer que dispensa).


¿Qué importancia tiene -y cómo crees que interviene- la amistad dentro del funcionamiento de un sistema social?

Cuando Fichte e incluso Schelling y Hegel hablan de la forma en la que el Yo va tomando conciencia de sí y cómo en el curso de este proceso se enfrentan a lo que no es el propio Yo (el No-Yo) y lo integran en lo que son, aparece la figura de un No-Yo que es también un Yo que a su vez trata de devenir consciente y que en el propio ejercicio de su actividad “choca” con el otro. Se abren entonces dos opciones: o bien se considera a ese “otro” como algo diferente que no es reconocido como un igual (es, entonces, un simple objeto o medio para el yo) o bien ese otro se reconoce, pese a su diferencia, como un semejante y se construye “comunidad” con él. De ahí la importancia de la diferencia y de la necesidad del tiempo de sedimentación: porque desde ella se construye un proyecto común que genera comunidad. Y aunque la base de la comunidad como factor imprescindible pueda parecer la conveniencia o el interés común que homogeneiza los sujetos, lo que debería primar es la diferencia y la pluralidad al aceptar esa apertura de mundo que mencionaba al principio. El otro no es alguien a quien haya que homogeneizar y transformar para que se integre en un posible proyecto construido a imagen y semejanza de un Yo que dicta qué es lo común y qué es lo que no, sino desde la perspectiva plural que construye un mundo caleidoscópico y plural. Si el otro es semejante a mí no es porque se parezca a quien soy, sino porque quien es ha de tener semejante impacto en un proyecto de todos. Esta construcción social tendrá una analogía en el sistema político.



De nuevo podemos recuperar a Aristóteles en este sentido: si la tiranía o la dictadura tienen un menor grado de amistad es porque aquél que gobierna no quiere al otro por el otro, sino que quiere imponer su mundo sobre los demás, es decir: cierra y ocluye su visión del mundo aplastando la del otro, a quien desde luego no respeta ni considera “igual” desde su diferencia.



Esto no quiere decir que un sistema social más igualitario se construya desde los vínculos de la amistad, pero sí, en el mejor de los mundos posibles, debería generarse a través de afectos que proceden de la misma familia como la filantropía, la fraternidad o incluso la empatía (¡jamás la caridad que conlleva un sentimiento de compasión ante quien está en situación de inferioridad!) aparejados a un respeto del otro como otro que enriquece nuestro Yo. No es la compasión la que hace al amigo como afirmará Nietzsche. En este caso –y esto afecta al núcleo de la sociedad actual- el individualismo imposibilita la amistad como “aceptación completa del otro como un sí mismo” y activa elementos como la envidia, el resentimiento, el egocentrismo o la vanidad. Es sintomática la aparición de las relaciones sociales a través de grandes portales de contacto que son designadas como “amistad”. No es amigo al que le gusta todo lo que hacemos (o decimos que hacemos) ni tampoco el que comenta sin implicarse. Por otro lado la amistad ha de generarse desde el ámbito de lo privado, no desde la espectacularización de lo privado para su inserción en lo público y objeto de exposición. Byung-Chul Han ha señalado en La sociedad de la transparencia una de los puntos claves del mal uso del concepto de “amistad”: la ausencia de un botón de “No me gusta” que ponga de relieve la diferencia. Por todo lo dicho, este tipo de amistad, lejos de tener un fundamento y una construcción desde la alteridad, conllevan un mecanismo de homogeneización que hace a todos igual. No una indiferencia, en el sentido schellinguiano del término como Indifferenz, sino de una uniformidad que fagocita lo diferente (Gleichgültigkeit). En el imperio de lo mismo no puede haber amistad.

¿Se te ocurre algún hecho histórico de relevancia que principalmente se hubiera dado por amistad -no me refiero a “amiguismo” ni a nada condicionado por intereses políticos o económicos, sino por ejemplo a un hecho ocurrido para preservar una amistad, que ése hubiera sido su principal motor-?

Todo movimiento que haya implicado una mejora de las condiciones de cada uno de los hombres en el intento de dar cobijo a la inclusión de la alteridad, al compromiso y a un intento de construcción de una comunidad implicaría, no amistad en el sentido del que venimos hablando, pero sí una relación con sentimientos procedentes de la misma familia. Uno de los grandes momentos de la Historia de la Filosofía que coincide por lo demás con un acontecimiento histórico sería la que tuvo lugar a finales del XVIII y principios del XIX cuando en pleno Romanticismo y en torno al Athenäum de los hermanos Schlegel, se generó una comunidad de pensamiento en la que se trataba de pensar “con los otros” y “para los otros” y en la que, eliminando cualquier atisbo de individualismo, incluso se publicaba de forma anónima.



Desde luego este círculo se nutre de un momento histórico en el que tiene lugar la Revolución Francesa, la Revolución de la Libertad (1789), que dará pasó a la Revolución de la Igualdad (1830) y a la Revolución de la Fraternidad (1848).



Relacionando todo lo anterior: ¿La amistad sería un valor cultural o natural?

Somos seres sociales situados en un “entre” en el que quedan enlazados Naturaleza (ámbito de la naturaleza) e Historia (que ampara lo social y lo cultural, entendido como productos del ser humano), lo que implica que la amistad es, por un lado natural (sentimos inclinación, por ejemplo, o simpatía de forma natural por algunas personas y no otras), pero asentado en los valores culturales que se tejen a través de mediaciones y mecanismos de reconocimiento. Toda amistad para consagrarse necesita también de ciertos ritos que cristalizan y fijan los afectos y los hacen simbólicamente reconocibles, pero también que los integran en la memoria.



Por ello los ritos de amistad constituyen los lugares de su cristalización. Esto, por cierto, nos lleva a otro elemento definitorio de la amistad: el amigo es aquél con quien no sólo generamos comunidad, sino con quien compartimos vivencias comunes del pasado, aunque sean recordadas de distinto modo.



En el ámbito de los ritos, la memoria del amigo ya difunto, por ejemplo, implica la realización de ciertos actos que lo traen de nuevo al presente a través de gestos de ponen de manifiesto cómo el amigo está presente de otro modo a través de nosotros. Justamente por eso el amigo es el otro en uno mismo.

Ana, ¿la amistad es bella o es sublime -o ambas, o ninguna...-?

Si la amistad tiene que ver con un compromiso y con una implicación con el otro no debería jamás ser sublime al menos en el sentido kantiano del término, es decir, como algo que se disfruta desde la distancia. La amistad requiere implicación, cercanía y confianza. Puede ser sin embargo, bella por su forma, por sus modos, por la relación determinada que se establece entre los sujetos. Bello es abrir el mundo y aceptar lo diferente como igual y bello es un vínculo en el que la única compensación sea la que existe en la forma de la felicidad del otro que hacemos nuestra.


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